lunes, 6 de agosto de 2012

SE "BIBIÓ" TODO... Y SE FUE CUANDO LE DIO LA GANA


LAMENTABLEMENTE ES LA MUERTE LA QUE AYUDA A EMPEZAR A CONOCER A MUCHA GENTE QUE DEBERÍAS HABER CONOCIDO Y DISFRUTADO ANTES.
MUCHOS TENDREMOS LA SEGUNDA OPORTUNIDAD QUE NOS DA SU HERENCIA, SU HUELLA IMBORRABLE EN EL ALMA DE LOS QUE LAS AMARON Y EN SUS OBRAS ETERNAS.
ADIÓS Y HOLA.

"...Y si quieren saber de mi pasado 
es preciso decir otra mentira 
les diré que lleguÉ de un mundo raro 
que no sÉ del dolor que triunfe en el amor 
y que nunca he llorado."


"ADIÓS VOLCÁN

de el deseo, el Domingo, 5 de agosto de 2012 a la(s) 22:09 ·
Durante veinte años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros veinte años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño.

Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores, y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo.

El gran escritor Carlos Monsiváis dijo “Chavela Vargas ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues”.  Según el mismo escritor, al prescindir del mariachi Chavela eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando en toda su desnudez el dolor y la derrota de sus letras. En el caso de “Piensa en mí”, (eso lo digo yo) una especie de danzón de Agustín Lara, Chavela cambió hasta tal punto el compás original que de una canción pizpireta y bailable se convirtió en un fado o una nana dolorida.

Ningún ser vivo cantó con el debido desgarro al genial José Alfredo Jiménez como lo hizo Chavela. “Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca (YO NUNCA, cantaba ella) he llorado”. Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre.  Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos, Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante. Se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara.  Como espectador era una experiencia que me desbordaba, uno no está acostrumbrado a que te pongan un espejo tan cerca de los ojos, el desgarro con tirón final, literalmente me desgarraba. No exagero. Supongo que habrá alguien por ahí que le pasara lo mismo que a mí.

En su segunda vida, cuando ya tenía más de setenta años, el tiempo y Chavela caminaron de la mano, en España encontró una complicidad que Méjico le negó. Y en el seno de esta complicidad Chavela alcanzó una plenitud serena, sus canciones ganaron en dulzura, y desarrolló todo el amor que también anidaba en su repertorio. “Oye, quiero la estrella de eterno fulgor, quiero la copa más fina de cristal para brindar la noche de mi amor. Quiero la alegría de un barco volviendo, y mil campanas de gloria tañendo para brindar la noche de mi amor.” A lo largo de los años noventa y parte de este siglo, Chavela vivió esta noche de amor, eterna y feliz con nuestro país, y como cada espectador, siento que esa noche de amor la vivió exclusivamente conmigo. Chavela te cantaba solo a tí, al oído, y cuando el torrente de su voz fue menos potente, (no hablo de declive, ella no lo conoció, hizo y cantó lo que quiso y como quiso) Chavela se volvió más íntima. Las mejores versiones de “La llorona” las interpretó en sus últimos conciertos. Abordaba la canción con un murmullo, y en ese tono continuaba, recitando palabra por palabra, hasta llegar al épico final. Cantar lo que se dice cantar solo cantaba la última estrofa, de un modo ascendente hasta gritar su última y breve palabra. “Si como te quiero quieres llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, llorona, qué más quieres. ¡Quieres MÁS!"  Estremecía escuchar la palabra “más” gritada por Chavela.

La presenté en decenas de ciudades, recuerdo cada una de ellas, los minutos previos al concierto en los camerinos, ella había dejado el alcohol y yo el tabaco y en esos instantes éramos como dos síndromes de abstinencia juntos, ella me comentaba lo bien que le vendría una copita de tequila, para calentar la voz, y yo le decía que me comería un paquete de cigarrillos para combatir la ansiedad, y acabábamos riéndonos, cogidos de la mano, besándonos. Nos hemos besado mucho, conozco muy bien su piel.

Los años de apoteosis española hicieron posible que Chavela debutara en el Olympia de París, una gesta que solo había conseguido la gran Lola Beltrán antes que ella. En el patio de butacas tenía a mi lado a Jeanne Moreau, a veces le traducía alguna estrofa de la canción hasta que Moreau me murmuró “no hace falta, Pedro, la entiendo perfectamente” y no porque supiera español.

Y con su deslumbrante actuación en el Olympia parisino consiguió, por fin, abrir las puertas que más férreamente se le habían cerrado, las del Teatro Bellas Artes de Méjico DF, otro de sus sueños. Antes de la presentación en París un periodista mejicano me agradeció mi generosidad con Chavela. Yo le respondí que lo mío no era generosidad, sino egoísmo, recibía mucho más que daba. También le dije que aunque no creía en la generosidad sí creía en la mezquindad, y me refería justamente al país de cuya cultura Chavela era la embajadora más ardiente. Es cierto que desde que empezara a cantar en los años cincuenta en pequeños antros (¡lo que hubiera dado por conocer El Alacrán, donde debutó con la bailarina exótica Tongolele!) Chavela Vargas fue una diosa, pero una diosa marginal. Me contó que nunca se le permitió cantar en televisión o en un teatro. Después del Olympia su situación cambió radicalmente. Aquella noche, la del Bellas Artes del D.F., también tuve el privilegio de presentarla, Chavela había alcanzado otro de sus sueños y fuimos a celebrarlo y a compartirlo con la persona que más lo merecía, José Alfredo Jiménez, en el bar Tenampa de la Plaza de Garibaldi. Sentados debajo de uno de los murales dedicados al inconmensurable José Alfredo bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella no, solo bebió agua aunque al día siguiente los diarios locales titulaban en su portada “Chavela vuelve al trago”). Cantamos hasta el delirio todos los que tuvimos la suerte de acompañarla esa noche, pero sobre todo cantó Chavela, con uno de los mariachis que alquilamos para la ocasión. Era la primera vez que la escuchábamos acompañada por la formación original y típica de las rancheras. Y fue un milagro, de los tantos que he vivido a su lado.

En su última visita a Madrid, en una comida íntima con Elena Benarroch, Mariana Gyalui y Fernando Iglesias, tres días antes de su presentación en la Residencia de Estudiantes, Elena le preguntó si nunca olvidaba las letras de sus canciones. Chavela le respondió: “a veces, pero siempre acabo donde debo”. Me tatuaría esa frase en su honor. ¡Cuántas veces la he visto terminar donde debe! Aquella noche en el indescriptible bar Tenampa, Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo, y acompañada de un mariachi. Las canciones que ella desagarró en el pasado, acompañada por dos guitarras, volvieron a sonar lúdicas y festivas, donde y como debía ser. “El último trago” fue aquella noche un delicioso himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta.

Hace cuatro años fui a conocer el lugar de Tepoztlán donde vivía, frente a un cerro de nombre impronunciable, el cerro de Chalchitépetl. En esos valles y cerros se rodó “Los siete magníficos”, que a su vez era la versión americana de “Los siete samuráis” de Kurosawa. Chavela me cuenta que la leyenda dice que el cerro abrirá sus puertas cuando llegue el próximo Apocalipsis y solo se salvarán los que acierten a entrar en su seno. Me señaló el lugar concreto de la ladera del cerro donde parecían estar dibujadas dichas puertas.

Circulan muchas leyendas, orgánicas, espirituales, vegetales, siderales, en esta zona de Morelos. Además de los cerros, con más roca que tierra, Chavela también convive con un volcán de nombre rotundo, Popocatépetl. Un volcán vivo, con un pasado de amante humano, rendido ante el cuerpo sin vida de su amada. Tomo nota de los nombres en el mismo momento en que salen de los labios de Chavela y le confieso mis dificultades para la pronunciación de las “ptl” finales. Me comenta que durante una época las mujeres tenían prohibido pronunciar estas letras. ¿Por qué? Por el mero hecho de ser mujeres, me responde. Una de las formas más irracionales (todas lo son) de machismo, en un país que no se avergüenza de ello.

En aquella visita también me dijo “estoy tranquila”, y me lo volvió a repetir en Madrid, en sus labios la palabra tranquila cobra todo su significado, está serena, sin miedo, sin angustias, sin expectativas (o con todas, pero eso no se puede explicar), tranquila. También me dijo “una noche me detendré”, y la palabra “detendré” cayó con peso y a la vez ligera, definitiva y a la vez casual. “Poco a poco”, continuó, “sola, y lo disfrutaré”. Eso dijo.

Adiós Chavela, adiós volcán.

Tu esposo, en este mundo, como te gustaba llamarme,

Pedro Almodóvar."


"Y Chavela dijo: ¡Muerte, muerte, muerte!

Cuando cantaba Chavela Vargas el alma ponía atención; en sus conciertos su voz se abría paso por el aire, viajaba por los laberintos del oído, pero era el corazón quien escuchaba. Ella decía que en sus conciertos a la gente le daba por llorar porque gracias a su voz cada uno de los presentes recordaba que aún podía sentir la fuerza del deseo, el misterio de la muerte, las heridas del amor y el desamor.
Chavela Vargas habitó dos eras diferentes: en la primera fue la muchacha que vino desde Costa Rica, pobre de amor, niña mal querida, para encontrar un México que era también un volcán que arrojaba un fuego que se llamaba José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, Diego Rivera… A esas piedras incandescentes se fundió, y en esa tierra mexicana que todavía olía a pólvora y revolución descubrió un espejo: el arrojo temerario de los hombres valientes, la pasión y el talento de sus pintores rebeldes, el canto desgarrado de los mariachis, la melancólica guitarra de los campesinos, la onda mirada de los indios, la belleza acechante de sus mujeres, la luminosa ebriedad de su tequila. Oírla hablar de aquellos años de la primera mitad del siglo XX era escuchar la historia de una fiesta donde no faltaban las serenatas a dúo con José Alfredo, las noches interminables del Tenampa, en Garibaldi, las fiestas libérrimas en la casa azul de Diego y Frida, en Coyoacán; escuchar aquellas narraciones a principios del siglo XXI era habitar un sueño, una película en blanco y negro. En voz de Chavela Vargas aquellos años fecundos, apasionados, que definirían en parte el rostro mítico de México, se revelaban íntimos y ciertos.
Cuando se extinguieron aquellos tiempos, cuando la dejaron sus amigos entrañables para encontrarse con la muerte, Chavela se fue a un exilio interior a los pies de la montaña sagrada del Tepozteco; primero la acompañó una botella fiel de tequila, después ni aquella, y se quedó definitivamente sola con su recuerdos. En esos años de exorcismo y soledad Chavela murió por primera vez para el mundo y junto con sus hermanos de la noche mexicana se convirtió en un mito.
Renació a mediados de los años noventa en España, donde la llevó su amigo Fernando Arroyo. Yo la vi por primera vez en mi vida, a principios de los años noventa, mientras desayunaba una mañana en laResidencia de Estudiantes de Madrid, porque escucharla, ya la había escuchado hace muchos años en un elepé que mi madre atesoraba (mi madre, Mary Martín, española de Salamanca pero pintora de México). Ahí comenzó la segunda era de Chavela Vargas, cuando los españoles -que como los mexicanos aman y sufren los rigores de la melancolía- la hicieron suya y la devolvieron a los escenarios y le dieron otra tierra que amar. De aquellos tiempos españoles surge el amor de Chavela por Federico García Lorca; si en la primera era de su vida Chavela amó a un poeta vivo, el mexicano José Alfredo, en la segunda su alma se encontraría con un poeta muerto: el granadino García Lorca.
Desde los escenarios de España, Chavela nos recordó a todos que la canción mexicana de la primera mitad del siglo XX, cuya fuerza poética había conmovido al mundo, seguía viva gracias a su presencia, y España y México se dieron la oportunidad de volver a esa música que tanto habían amado y que creían extinta. Tras el abrazo de España de la mano de Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina, entre otros, México la trajo de regreso; así la conoció una nueva generación que vio en vivo lo que creía historia, que sintió propio lo que hasta ese momento era de sus abuelos o sus padres. Así la voz de Chavela, en su regreso, se unió a la de Eugenia León, y su presencia alentó a Lila Downs y conmovió a Julieta Venegas, entre otros artistas nóveles. Chavela amaba a los jóvenes, y en un concierto en el Zócalo de la ciudad de México, ante una plaza llena de muchachos y a un lado del Templo Mayor de Tenochtitlan, Chavela Vargas repartió una parte fundamental de su herencia: “a ustedes, jóvenes de México, les dejo lo que más quiero, les heredo mi libertad”.
En la última década de vida Chavela se encontró a una compañera inseparable, leal y luminosa como un sol: fue la periodista María Cortina la gran amistad de la cantante del 2000 en adelante; a su lado y gracias también a Mary Farquharson y Eduardo Llerenas, del sello discográficoDiscos Corasón, Chavela pudo realizar sus últimas hazañas musicales, entre ellas su homenaje a Federico, donde a sus noventa y tres años le cantó al poeta y a sus versos.
Dice María Cortina que lo último que dijo Chavela antes de morir fue “Muerte, muerte, muerte”. ¿La saludaba, la reconocía, se estaba ya abrazando a la Llorona? Es posible, pero no soltó la mano de María: la autora de la Macorina abrazó a la muerte enamorada eternamente de la vida.
http://es.wikipedia.org/wiki/Chavela_Vargas

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/01/actualidad/1343803995_525687.html

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/05/actualidad/1344196171_019681.html



















http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Alfredo_Jim%C3%A9nez